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Un caluroso día de julio de 1994 se dan cita Konrad Zuse y un periodista para una entrevista muy especial en la terraza de una solitaria hostería en las montañas del Rhön. Se espera que la conversación se extienda toda la noche; así lo han convenido. Zuse, pionero de la informática alemana y entretanto de 84 años de edad, se propone narrar en esas horas, con una franqueza inédita, la historia de su larga y agitada vida, y sacar a la luz, entre otras cosas, su especial relación con Ada Lovelace, la mujer para la cual él inventó el ordenador. Ésta es la trama que sirve de marco a la nueva novela de Friedrich Christian Delius. La acción interior y narración en primera persona que hace Konrad Zuse es presentada en media página y abarca la casi totalidad de la novela. En ella Konrad Zuse cuenta, en un tono distendido y muy personal, cómo en los años treinta y cuarenta del siglo XX construyó en su departamento del distrito berlinés de Kreuzberg el primer ordenador operativo, los efectos que sobre su vida como inventor tuvo el régimen nacionalsocialista, y cómo él logró finalmente poner su ordenador a salvo de las bombas de los Aliados. La mujer para quien inventé el ordenador es una novela en la que de manera original y aguda coinciden, en la figura de Konrad Zuse, la historia personal y la general.
El Zuse histórico (1910–1995) construyó durante la Segunda Guerra Mundial, en el departamento donde vivía en Berlín y ajeno al trajín académico, la Z3 (en la novela A3), el primer ordenador basado en el sistema binario. No obstante ello, documentó a partir de 1936 en abundantes escritos sus invenciones y diseños de patente. Más allá del trabajo técnico inmediato, esos escritos contienen tempranas reflexiones sobre las posibles funciones sociales que podría asumir el ordenador, su invento. La novela La mujer para quien inventé el ordenador prosigue la escritura de ese discurso, al que dilata valiéndose de los recursos de la ficción.
Ésta es la noche en que, en efecto, la Universidad de Braunschweig ha de concederle el doctorado “honoris causa”. El título – el decimocuarto en su haber- le es sin embargo indiferente: Demasiados panegíricos ha escuchado ya el narrador a lo largo de su vida; demasiados discursos de agradecimiento ha pronunciado. Este día de julio de 1994 quiere hablar, sí, pero “nada de discursos en frac, nada de discursos con corbata, sino más bien en guardapolvo de trabajo, ¿comprende?” Hablar “en guardapolvo de trabajo” significa ignorar normas de etiqueta, no tener pelos en la lengua y “narrar por fin todo completamente distinto [...], narrarlo [...] como realmente fue y cómo me las arreglé con el Fausto que llevo en mi pecho y con Ada; exactamente ésa es mi manera de sacarle la lengua al resto del mundo.” Para Konrad Zuse a sus 84 años de edad, la conversación constituye un acto de liberación y al mismo tiempo una despedida. Discurre que también en el futuro seguirá habiendo incontables problemas a ser resueltos en el ámbito de la técnica digital, sobre todo en el campo de la inteligencia artificial, allí donde se debe traducir a códigos binarios el pensamiento humano, de conexiones múltiples. “Cualquier cantidad de cuestiones sin resolver… ¡Pero ya no tengo que debatirme con todo eso! ¡Linda sensación! ¡Una liberación! ¡Sesenta años pensando de manera lineal y lógica son suficientes! Hablar simplemente siguiendo la forma del cerebro, o lo que es por mí, del pico…”
Ha llegado para él la hora de mirar atrás. Zuse cuenta cómo después de recibirse de ingeniero comenzó a trabajar en la fábrica de aviones Henschel en Berlín. Pero ya desde antes había madurado en él la idea de construir una máquina calculadora que le ahorrase la tarea de calcular, pesada y con frecuencia repetida. Zuse, un manitas que para entonces ya había desarrollado otras cosas, como una máquina dispensadora de mercadería que daba el cambio, o un laboratorio fotográfico automático, comienza a trabajar en la A1, una máquina calculadora digital y precursora del primer ordenador operativo, la A3. Cuando en 1938 la ha terminado, nadie en Alemania imagina que esos aparatos van a revolucionar el mundo. Bajo el gobierno nacionalsocialista Alemania se encontraba internacionalmente aislada y por ello Zuse no tuvo conocimiento de las investigaciones en el campo de la informática que en ese momento hacían grandes progresos en los EE.UU. En 1939 es llamado a cumplir el servicio militar, pero poco después lo eximen del mismo y puede continuar trabajando en sus inventos.
Respecto a su papel en el régimen nacionalsocialista confiesa: “Hoy podría decir que en los hechos no tuve tiempo de ser un antinazi. Naturalmente, un tipo como yo estaba fascinado por las posibilidades técnicas que aparejó el nuevo régimen [...]. Fui un simpatizante y lo reconozco públicamente.” Al contrario de lo ocurrido a su colega y coetáneo Wernher von Braun, los nacionalsocialistas no valoraron mayormente los logros obtenidos por Konrad Zuse. Después que la A3 es destruida durante un bombardeo en 1945, Konrad Zuse huye de Berlín llevándose consigo la más desarrollada A4 a un pueblito en las montañas del Sur de Alemania, para ocultarla de los Aliados.
Lo logra, pero también después de la Segunda Guerra Mundial el reconocimiento a su labor sigue siéndole en primera instancia esquivo. El mundo le prestará atención a este inventor recién a partir de una presentación que hace de la A4 en 1949 en el Instituto de Tecnología Suiza de Zurich. Pero para entonces sus colegas de los EE.UU. ya habían hecho públicos sus inventos.
Es evidente en el yo narrador la decepción por el largamente negado reconocimiento a sus logros. Una y otra vez vuelve sobre el tema. No puede decirse que su informe sea estrictamente cronológico. Si bien por un lado se respeta mayormente la sucesión temporal de los hechos, una gran parte de la narración la constituyen reflexiones sobre temas como la sociedad, el amor y la técnica. A pesar de que surge de una entrevista, la historia de Zuse se lee como un monólogo, dado que las preguntas del periodista apenas se señalan en forma elíptica. De ese modo se conforma un texto abierto, caracterizado por la cadencia libre y vivaz del lenguaje coloquial. Ese tono personal caracteriza la novela y se corresponde a la perfección con el discurso “en guardapolvos de trabajo” que reclama Zuse.
No obstante, ante todo una serie de hilos conductores hábilmente dispuestos en la historia y en la vida del protagonista evitan que la narración se salga de su cauce. Uno de esos leitmotivs es la ley del código binario sobre el que reposa todo ordenador y que se manifiesta de diferentes maneras: La corriente fluye, o no fluye; la tensión es positiva, o es negativa. Otro importante leitmotiv lo halla el narrador, aficionado al arte, en la figura de Goethe: Es lo fáustico aquello que en su vida le empuja a aspirar adelante y a complacerse en inventar. Para Zuse ello se vincula íntimamente al principio del amor, del que se dice en el Fausto de Goethe: “El eterno-femenino nos redime”. Se está refiriendo, finalmente, a Ada Lovelace. La inteligencia y el genio inventivo de esta británica fallecida en 1852, quien también es considerada como la primera programadora y en homenaje a quien el lenguaje programador “Ada” recibió su nombre, despertaron y alimentaron la pasión de Zuse durante décadas.
Así se entrecruzan en La mujer para quien inventé el ordenador ficción y documentación de manera admirable. La novela exhibe por un lado cómo la historia se refleja en el personaje de Konrad Zuse. Por el otro lado, constituye el retrato de un hombre cuya invención a su vez ha transformado radicalmente a la sociedad. Gracias a la subjetividad de la perspectiva, el libro no deriva en ningún momento hacia el ensayo de historia de la cultura, sino que narra, de manera distendida y entretenida, la vida de un individuo notable.
Eva Kaufmann
Julio de 2009
[Traducción de Raquel García-Borsani]
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