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|  | | ¿Será el dialecto de Vogtland una variedad que educa para el laconismo, o incluso para la condensación poética? Nacido en Reichenbach en 1935, Hans Joachim Schädlich se doctoró alguna vez en Leipzig con un trabajo sobre la fonología del dialecto de Vogtland oriental. En la RDA, donde no tardó en entrar en conflicto con el régimen, trabajó durante mucho tiempo como traductor, y una vez establecido como escritor en Alemania occidental, adonde emigró en el marco del caso Biermann, se ocupó reiteradamente de cuestiones lingüísticas, además de sus trabajos literarios. Los temas que aborda los ha encontrado casi siempre en la esfera histórico-política, lo cual no resulta extraño teniendo en cuenta su biografía. Pero lo que siempre se vuelve a registrar con asombro y a elogiar intensamente es su manejo de la lengua, el arte de la reducción, de la condensación elocuente y de la magia verbal minimalista.
En la novela El viaje de Kokoshkin, Schädlich ha llevado a cabo la hazaña de conjurar en un texto narrativo de sólo 190 páginas la historia del siglo XX, con sus dislocaciones a nivel mundial y sus dramáticas vicisitudes. Y con eso ha consolidado la fama de ser, entre los autores alemanes de su generación, una de esas aguas que no por mansas dejan de ser profundas.
En la retrospectiva biográfica de Fiodor Kokoshkin, quien nació en San Petersburgo en 1910, se vio obligado a emigrar en 1918 y después de haber pasado por Odessa, Berlín y Praga llegó en 1934 a los Estados Unidos, donde estudió biología y se convirtió en profesor universitario de botánica, otro hubiera descubierto quizás la materia para un epos monumental. La narración marco transcurre en un lujoso crucero, donde en 2005 un grupo variopinto mata el tiempo que demanda la travesía de Europa a Nueva York con relatos, anécdotas, flirts y debates, y por eso mismo hubiera sido posible imaginarse una especie de Montaña mágica flotante. Pero Schädlich, un maestro de la economía literaria, no persiguió la profusión y la amplitud, sino la concentración en lo esencial, y la estimulación juguetona, aunque sumamente efectiva, de la fantasía del lector con insinuaciones, remisiones, espacios de resonancia y cadenas de asociaciones.
Al mismo tiempo, en la delgada novela caben también algunas partículas de realidad, por ejemplo algunos personajes verídicos. El Fiodor Kokoshkin ficticio desciende de un padre que existió realmente. Fue un ministro burgués del gobierno provisional de Kerenski después del golpe de Octubre, y fue asesinado por los bolcheviques en 1918. Su mujer y su hijo Fiodor, que logran escapar, son figuras inventadas por Schädlich. Pero las escalas de su viaje y las personas con las que se encuentran se pueden localizar en la historia contemporánea. En Odessa los ayuda el poeta Iván Bunin; en Berlín aterrizan en la pensión Crampe, un conocido refugio de exilados rusos durante los años veinte, y reciben el apoyo de la pareja de escritores Nina Berberova y Vladislav Jodassevich; en Bad Saarow se encuentran con Máximo Gorki.
En realidad son cuatro los viajes de Fiodor Kokoshkin que se narran en este libro. El primero termina en los Estados Unidos, donde el joven exilado ruso, expulsado de Alemania por los nazis, encuentra su nuevo hogar. El segundo, que iba a ser un rastreo, se inicia en 1968 y se interrumpe abruptamente en Praga porque Kokoshkin, el “emigrado profesional”, intuye la entrada inminente de los soviéticos. Pero antes de eso ha conocido al bibliotecario Jakub Hlavácek, quien treinta y siete años después lo acompañará en su tercer viaje: el retorno a los lugares de su pasado europeo. Y el cuarto viaje es el regreso a casa, la travesía del Atlántico, en cuyo transcurso las reminiscencias e impresiones de Kokoshkin van componiendo la imagen de un siglo de dictaduras y utopías fracasadas.
Schädlich traza su panorama de época con mano liviana, humor sereno y una leve melancolía. Hace que el anciano profesor cuente sobre su primer amor y que corteje en alta mar a una arquitecta a quien dobla en edad; le hace escribir e-mails, cantar karaoke, disfrutar de los rituales de la burguesía culta y brillar en conversaciones de mesa ligeramente absurdas. Por lo bien que conoce el ambiente a bordo, podemos suponer que el propio autor ha viajado alguna vez en el Queen Mary II. Sin embargo, en su prosa sencilla, serena, depurada de todo lo superfluo, siempre está presente la tragedia inmanente de una vida en la que han tenido una incidencia tan formidable las situaciones políticas. Y cuando Kokoshkin, tras haber llegado al resplandeciente Manhattan, anuncia que ahora seguirá viaje –“A Boston. A casa”–, todavía resuena allí algo de la esperanza que los intelectuales europeos depositaron alguna vez en la democracia norteamericana. También eso ya es historia.
Kristina Maidt-Zinke
Noviembre de 2010
[Traducción de Griselda Mársico]
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