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Uno de los experimentos en que fracasan con mayor frecuencia los escritores actuales, consiste en captar y corporizar la actitud vital y la percepción del mundo de una figura histórica: El resultado suele ser o bien una cursilería, o bien un ejercicio forzado. No es el caso de Brigitte Kronauer, quien en un capítulo de su última novela, Dos cazadores negros, presenta a la Condesa Aurora de Koenigsmarck, querida de Augusto el Fuerte y más tarde prevostesa de la Abadía de Quedlinburg, una de las mujeres más destacadas de fines del siglo XVII y comienzos del XVIII.
El episodio “En el ardor del tormento“, cuyo título es una cita no tan conocida del popular himno protestante “Quien todo deja en manos de Dios” (“Wer nur den lieben Gott lässt walten“), es una arrebatadora miniatura barroca que encierra, cual delicado cofrecito, la embriaguez de colores y el ardor pasional, los rituales severos y la conciencia melancólica de lo vano propios de esa época.
Kronauer, galardonada con el Premio Georg Büchner y probablemente la narradora en lengua alemana capaz hoy de la mayor musicalidad verbal, se mueve en tales mascaradas del pasado con la misma soltura y levedad con que en otros órdenes experimentales cubre de romántica ironía o carga de referencias mitológicas un deleznable presente.
Quien la quiera seguir deberá estar preparado tanto para el vértigo de la altura como para las fatigas del llano y la magia del laberinto. Lo que comienza como una sátira del mundillo literario, deriva pronto en una intrincada, insidiosa construcción plena de alusiones y analogías, fondos dobles y correspondencias subliminales.
En el gabinete verde del palacete provinciano donde al comienzo lee de su relato Dos cazadores negros la escritora Rita Palka, unas plaquetitas espejadas marcan en las paredes los puntos donde se cruzan las líneas de una red de estuco. Así como Rita recompone a partir de los añicos el reflejo de la “fulgurante luz verde crepuscular, en la bella selva allí fuera“, es posible encontrar en los episodios de la novela y los cursos más o menos copiosos y remotos de los mismos, el reflejo fulgurante del edificio narrativo de Kronauer, rico en festones narrativos y en ornamentos al modo de plantas enredaderas.
Rita Palka se ha inspirado, para forjar la historia de una muy particular relación, en el famoso grupo escultórico que en la Villa Borghese en Roma muestra a dos cazadores negros y a dos leones fundidos unos en otros de manera recíproca e inescapable.
Cuando su provinciano público lector, escaso y obligado, da muestras de profundo aburrimiento, ella transforma la narración siguiente, anunciada como “La gruta“, en una curiosa pieza de temeraria improvisación donde la cueva del cíclope Polifemo de La Odisea, la Gruta de Tiberio en Sperlonga, un exaltado profesor de Arqueología y la tragedia existencial de un músico frustrado de la aldea natal de la poeta entran en relación a través de acciones plenas de emoción, riesgo e incertidumbre.
La situación es extraña, asume rasgos de escándalo y poco después la celosa esposa del organizador del evento destruye una réplica de “Los dos cazadores negros” que se conservaba en el palacio; los mil fragmentos terminan esparcidos por el suelo. Y Brigitte Kronauer prosigue lo que Rita Palka comenzó: Provoca al lector con trayectorias vitales que se entrecruzan de la manera más extravagante, burlescos personajes fracasados, circunstancias grotescas y volteretas narrativas temerarias, en tanto lo obliga continuamente a seleccionar y recomponer fragmentos de memoria y de invención.
Los personajes de los episodios, un conjunto a primera vista totalmente disparatado, están encadenados entre sí a través de sueños y de visiones providenciales que se estrellan contra el suelo de los hechos reales. Ello guardan en común la desairada amante del Rey de Sajonia y la belleza que ha envejecido en silla de ruedas y encarga a su ex amante que seduzca como Don Juan a las vecinas; la cajera de supermercado que se prostituye para escapar de la rutina y la enana hija de una familia rica que se convierte en asesina porque no puede liberarse de una afiebrada relación con un viajado tío; el pintor otrora exitoso cuya producción artística se agota hoy en juegos de palabras con rima doble y metátesis, y el lector de una casa editorial loco por la ópera que se enamora de un mesero y ahora, tras las huellas de su finada tía y la búsqueda de la felicidad que ella hiciera, emprende una excursión de motivación filosófica a los glaciares.
También esta vez se cumple el “deseo de música y sierra” que según una cita nietzscheana daba título a la penúltima novela de Kronauer: La música verbal de la autora transporta, más allá de lo intransitable del terreno, hasta alturas donde la mirada se dirige, por encima del “horrendo vacío” y la “pendiente fatal” de la vida humana, hasta lejanías espejadas y un inesperado esplendor. Donde este pequeño milagro ocurre, la literatura ha cumplido, así debemos decirlo, su más elevada tarea.
Kristina Maidt-Zinke
Marzo de 2010
[Traducción de Raquel García-Borsani]
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