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 Image Annette Pehnt

Uno también puede acostumbrarse al otro sin palabras, ni siquiera es necesario que pase mucho tiempo.
Relatos

Piper Verlag
Múnich 2010
ISBN 978-3-492-05374-7
186 páginas


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Reseña
Fragmentos de lectura
 

No son mundos felices en los que la escritora Anette Pehnt, nacida en 1967, encuentra sus temas: residencias de ancianos o de discapacitados, entornos laborales enrarecidos por el acoso, matrimonios enfermos de tristeza, familias, en las que no se quiere ser niño, lugares que provocan angustia, como la habitación mortuoria de un hospital, o un depósito de una clínica que sirve de sala de partos improvisada, porque nadie excepto la limpiadora se ocupa de una mujer con un embarazo en estado muy avanzado.

Pero el primer relato del nuevo libro de cuentos de Pehnt es una rara excepción: una mujer guarda del tren rápido cuenta su vida profesional y afectiva. Por cierto, tras la fachada de la sonrisa entrenada y del uniforme correcto de la mujer, aparece una persona que está en peligro, frustrada y en crisis. Ya el hecho de presentarse bajo tres nombres diferentes puede interpretarse como síntoma de que Anette Pehnt no apunta a un entorno realista, sino que quiere introducir a su lector, de forma sutil, hacia una percepción del mundo y de sí mismo más o menos distorsionada de sus personajes. Su lenguaje, sobrio, lacónico y sólo a primera vista simple, en un equilibrio cuidadosamente planificado, mantiene a los relatos en el límite estrecho que separa lo corriente de lo inquietante.

La guarda del tren rápido mantiene una relación con los pasajeros que debe atender que va más allá del marco habitual de sus funciones: ella disfruta de su cercanía física, registra matices de la comunicación, proyecta su deseo de contacto humano en los encuentros fugaces con los viajeros, se abandona a fantasías amables o plenas de odio sobre de dónde se viene y a dónde se va.

Uno también puede acostumbrarse al otro sin palabras, ni siquiera es necesario que pase mucho tiempo – así dice la frase principal del monólogo de la guarda de tren, y ése es también el nombre del libro de relatos. Un título muy largo, que parece ser un conjuro desesperado: de hecho, si uno observa más en detalle, todos los personajes de estos relatos son seres igualmente necesitados, necesitarían que los toquen, consuelo, apoyo en un entorno en el cual se han alienado o en el que nunca pudieron arraigarse.

Uno puede desear cualquier cosa es el título de uno de los relatos, que describe jerarquía y orden de dominación, exclusión y segregación en un asilo para niños discapacitados - quizá demasiado cercano a un estudio social para alcanzar el nivel de irritación de los cuentos más logrados. Como por ejemplo el de George, el chico debilucho, autista y cerrado, que desarrolla una inclinación poco natural hacia los pájaros y se vuelve cada vez más parecido a uno de ellos: tiene un aspecto algo torcido, como dibujado en forma oblicua a la desconsoladora mediocridad de sus padres de los años sesenta.

La apenas visible oblicuidad que queda en el rostro de una mujer después de haber sufrido una encefalorragia y de que su familia haya tenido que renunciar al viaje a Suecia que había planeado tiene que ver con lo arriba mencionado. De esta manera, en su formulación la autora parece caracterizar su propia técnica de poner en entredicho lo cotidiano mediante mínimas distorsiones y discordancias, así como a hacer perceptible la fragilidad de toda norma, plan y proyecto vital.

¿Será el ansia de afecto lo que empuja a una joven al salón de belleza de una vieja mujer china? Su mensaje es: La belleza está latente en su rostro. Sólo que usted se olvidó dónde está. Algo se perdió en el vínculo entre las personas, como la piedra negra de una isla griega, que la madre de dos hermanos llevaba encima como talismán durante medio siglo, y que en la UCI de un hospital de repente desaparece de su mesita de luz y permanece perdida después de su muerte.

La guarda de tren sufre una sordera súbita, y busca apoyo en una viajera a quién no conoce, de la que desea que ella me abrace aun más fuerte, que me sostenga y me acaricie el pelo y el rostro. El tren no va a ninguna parte. Anette Pehnt, sin embargo, con su capacidad de observación tan discreta como personal, se mantiene en un camino que podría conducir a una comprensión más profunda de lo diferente y lo milagroso. Los extraños se encuentran entre nosotros – sería una señal de humanismo el acostumbrarse a ellos sin palabras y sin problema alguno.

Kristina Maidt-Zinke
Enero de 2011
[Traducción de Ilana Marx]



  
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