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|  | | La mujer rara –última novela de Ricarda Junge– comienza como una de esas historias que uno cree conocer al dedillo: una joven, cerca de los treinta, se acaba de separar del padre de su hijo. Como periodista y escritora sufre el impacto de la crisis financiera que afecta también, más y más, a los colaboradores freelance de diarios y revistas. El futuro es incierto, pero no desesperante. Ya se abrirán nuevas perspectivas, como siempre ha sucedido.
Para Pascuas, cuando acordaron que Leandro, su ex novio, pasaría a buscar sus pertenencias por el departamento que compartían, se va con su hijo de dos años a visitar a sus padres, a la zona del Mar Báltico. De allí, no obstante, vuelve a partir pronto hacia Berlín, al este de la ciudad, a una de las casas cerca de lo que fue la Stalinallee, la gran avenida de la RDA, que perdió su brillo hace tiempo. Ella es oriunda de Alemania Occidental, al igual que Leandro, con quien dejó Hamburgo para instalarse en la capital, siguiendo el derrotero de tantos otros de su generación.
Pero el lector intuye pronto que la historia que aquí se narra tal vez no sea de lo más cotidiana. Porque se convierte en destinatario de una confesión, cuyo tono fuertemente emotivo parece no corresponderse del todo con el lenguaje de la historia, en esencia simple y desapasionado. “A continuación referiré lo acontecido entre el trece de abril y el diez de mayo del corriente año en el edificio de la calle Löwestrasse número uno en Berlín-Friedrichshain. (…) Cada uno es libre de hacer su propia interpretación, pero en lo que a mí concierne intentaré limitarme a reproducir lo sucedido con la mayor precisión posible. Que mi fe sea mi escudo protector: la fe en el poder purificador, mitigador y renovador de la palabra hablada y escrita.” Quien anuncia de esta manera su relato quiere sacarse algo de encima, necesita escribir algo para conjurarlo y protegerse. El informe verídico se convierte en ritual mágico cuyo sentido último es la lengua misma: “Pero, sea lo que fuere, todo sucede en función de una palabra. Pensada, pronunciada, escrita, callada”.
Al principio, sin embargo, no hay nada que sugiera tal dramatismo. Como mucho, son disgustos menores los que acompañan la vida cotidiana de la narradora. Por ejemplo, cuando regresa a su casa, Leandro aún no retiró sus pertenencias porque finalmente no pudo conseguir el departamento al que esperaba mudarse. Además recibe pocas ofertas de trabajo, pero a sus amigos y conocidos les pasa más o menos lo mismo: “Empiezan a suceder más y más cosas que no tienen una explicación relacionada con las preocupaciones laborales y los problemas que acarrea educar sola a un hijo: hornallas encendidas al máximo, estufas al rojo vivo en el medio de la noche, ventanas repentinamente abiertas de par en par. Y para colmo Adrián empieza a tener miedo de una “mujer rara”, que parece estar en todos lados, aunque nunca se la ve, que puede ser fruto de su imaginación o completamente real.
Como forma de contrarrestar la paulatina pérdida de control y la inseguridad creciente, la narradora confecciona listas ayudamemoria y cartelitos, vuelve a abrir los libros de teología de su época de estudiante, y al final termina creyendo que es ella la mujer rara a la que su hijo le teme... porque ya no sabe bien quién es ella misma en realidad, porque se ha vuelto, efectivamente, rara. De a poco, sin embargo, va descubriendo explicaciones muy distintas, aunque no menos siniestras.
Así como el viejo entarimado sobre el que se colocó el nuevo revestimiento sigue crujiendo, también la historia de la casa y de sus antiguos habitantes continúa presente. Las inestabilidades de la historia alemana, causadas por guerra, división y reunificación, también dejaron sus huellas en esta comunidad de vecinos. Los muertos no encuentran su paz y los vivos sufren las consecuencias por lo que no fue perdonado y por tanto no puede ser olvidado. Los espíritus del pasado se han vuelto fantasmas.
No es casualidad que la primera en intuir estas conexiones sea precisamente la madre de Lena, y que sea ella quien la ayude a descubrirlas. Porque también el destino de su familia lleva la impronta de las rupturas políticas del siglo veinte, también aquí hay asuntos reprimidos, callados; la huida de la madre al sector occidental fue tabú durante mucho tiempo. Y así, el recuerdo, la supervivencia del pasado se torna el verdadero tema de la novela. Sólo es posible resolver aquello que uno admite y acepta, y la protagonista lo reconoce también en función de su propia vida, su propia historia: la relación con el padre de su hijo que está terminada pero todavía no cerrada: “No estoy segura de si ―y en caso afirmativo, hasta qué punto― mi relación con Leandro está conectada con los acontecimientos de las últimas semanas”.
La literatura como vía para enfrentar los espíritus del pasado que determinan el presente y el futuro: así lo muestra la multipremiada escritora, nacida en 1979 en Wiesbaden, en su libro ingeniosamente construido: “Los hombres nacen y mueren, los Estados se fundan y se disuelven, un fenómeno captura a una generación entera como un sueño que uno al despertar ya no recuerda. No queda más que una ligera irritación, que cada cual explica a su manera”.
Matthias Weichelt Noviembre de 2011 [Traducción de Martina Fernández Polcuch]
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