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|  | | Es una pesadilla de sólo imaginarlo: volverse loco de a poco y contemplarse a uno mismo volviéndose loco; advertir cómo se van colando en la vida de uno tics y actitudes de tinte patológico que al principio pasan por hábitos caprichosos pero que luego anidan en el cerebro convirtiéndose en obsesiones y conductas compulsivas.
Es un día martes del año 2010 cuando el señor Schoch comprueba que empieza a sentirse ajeno a su propio alrededor. No está bien predispuesto frente a los demás ni logra ser amable: lo que siente es una furia indomable, la furia que le provocan la vecina, los colegas de trabajo en la carpintería y el supermercado a la vuelta de la esquina, donde causa un revuelo una vez que decide pelar cuatro bananas antes de ponerlas sobre la balanza. ¿Por qué debería pagar por las cáscaras si no se comen?
Este hombre de unos cuarenta y cinco años no tiene hijos, es soltero y vive en una ciudad sin nombre. Y pese a que resulta atractivo a las mujeres, hay indicios de que ha sido abandonado. El apartamento de estilo en el que vive solo estaba pensado originariamente para dos, pero parece que hubo otro hombre. Schoch es el narrador en primera persona de Zielinski, la novela de Nina Jäckle. Se trata de una historia extravagante que no tarda en atrapar al lector. Rara vez se ha descrito en forma tan incisiva la decadencia psíquica de una persona. Jäckle se centra por completo en la figura de Schoch, describe su repliegue al laberíntico mundo de los pensamientos con una prosa que cautiva y a la vez desconcierta. A lo largo de la lectura a menudo cuesta distinguir entre las circunstancias de la realidad y las elucubraciones de una psiquis excéntrica. Por ejemplo, cuando Schoch cuenta que un día llegan obreros a su casa para quedarse durante días trabajando a puerta cerrada en la más grande de sus habitaciones. No sabe, sin embargo, qué están haciendo exactamente ahí. Cuando terminan, los muebles de la habitación han desparecido, al igual que sus libros y cuadros. Lo que Schoch encuentra en el cuarto es una enorme caja de madera que llega al techo y ocupa la mitad de la habitación. Sobre un lateral hay una puerta y el interior de la caja está forrado de seda azul cobalto. Del techo cuelga una araña.
Schoch no tiene idea de qué hace la caja en su habitación. Y menos sabe qué intenciones tiene la extraña persona que la habita: un hombre refinado que da en llamarse Zielinski, que viste traje y camisa relucientes. Se lo ve impecable desde la cabeza calva e inmaculada hasta los zapatos radiantes. Anda con un bastón de madera de ébano y empuñadura (la cabeza de un galgo) de marfil. ¿Qué hacer frente a un hombre que ha decidido instalarse en la casa de uno sin invitación? ¿Llamar a la policía? ¿Ponerlo patas en la calle por la propia fuerza? Al señor Schoch no se le ocurre pensar en ninguna de esas cosas. Por el contrario, se queda mirando a Zielinski como alucinado. Zielinski se presenta cordialmente pero dando por sentado que se quedará a vivir en la casa. “Quizás todo esto no sea más que una broma pesada de la sinapsis neuronal”, se dice así mismo Schoch. Es poco probable, de hecho que Zielinski realmente exista. Pero Schoch lo escucha, lo huele, y hasta recibe golpes por parte de Zielinski. ¿Entonces?
Nina Jäckle retrata un hombre que da cuenta de cómo se está volviendo loco de a poco. Un hombre que hasta considera la posibilidad de tomar medicación y de ir al hospital. Pero que no se anima a dejar su casa. Y así es como sí deja que Zielinski viva con él. Ha dejado de ir a trabajar y en su contestador automático se amontonan los mensajes telefónicos. Llega un punto en el que ya no le sorprende que Zielinski parezca tener la capacidad de leerle la mente ni que pueda subsistir a lo largo de semanas sin comer ni ir al baño. Poco a poco Schoch se repliega del mundo, se atrinchera en el laberinto de sus pensamientos. Secuestra a su vecina y prende una fogata en su sala de estar cuando le cortan el suministro eléctrico. “Usted es el adecuado, eso es todo” responde Zielinski cuando Schoch le pregunta por qué lo ha elegido justamente a él para convivir.
La novela de Nina Jäckle es un estremecedor policial de corte psicológico. Demuestra de modo admirable cómo la soledad y la fragilidad del ánimo pueden llevar sin más a que alguien pierda el contacto con la realidad, se quede sin empleo, adeude meses de alquiler, pierda el control, se refugie en diálogos consigo mismo. Si uno no habla con nadie, las palabras no dichas provocan un caos mental, reconoce Schoch. Para él, todos nosotros no somos más que “pequeños engendros de la estupidez, residentes en nuestras cajas”. Es asombrosa la forma en que Nina Jäckle logra penetrar una de esas cajas con mirada escrutadora. Y lo que allí se ve no se olvida fácilmente.
Daniel Grinsted
Dicembre de 2011 [Traducción de Carla Imbrogno]
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