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|  | | Es como si hubiéramos estado recorriendo las callecitas del mundo en miniatura de Rotraut Susanne Berner y nos encontráramos ahora frente a un escenario por completo inesperado: la vida detrás de las fachadas; las fachadas de ocupaciones, alegrías de todo tipo, cachivaches coloridos y también males pequeños y medianos. Como si de repente todos los actores -niños, adultos, gato, perro, mosca, caracol, pez- estuvieran frente a sus casas, cada uno solo consigo mismo, sin miedo pero como arrancados de la vida cotidiana. Como si estuvieran ahí expectantes y quisieran decirnos algo de vital importancia para cada uno de ellos.
De esta forma entramos en el libro ilustrado El día que llegó el señor Muerte, historia que el autor suizo Jürg Schubiger pone en boca de una niña y en la que Rotraut Susanne Berner nos lleva a un corto viaje de imágenes por detrás de las fachadas del mundo. Desde la primera imagen nos miran personas y animales, un niño pequeño con un osito de peluche y una niña. Las casas se asemejan unas a otras, el mundo parece todavía abierto: no hay puertas ni ventanas que cerrar, y detrás de los portones de los graneros contiguos vemos pilas de heno. Hay una calle sin nombre, un puente sin barandas y un pozo de agua que, podríamos sospechar, acaso sea peligrosamente profundo. La ilustradora ha introducido en el mundo todos estos símbolos con su gesto naif habitual, de reducciones, pero que resulta muy amigable. Hasta los niños más pequeños pueden reconocer sin rodeos la metáfora que los sustenta: vemos un mundo a salvo, pero sin protección. "Por aquel tiempo, ni siquiera sabíamos cómo se llamaba. ¿Muerte? Nunca lo habíamos escuchado nombrar."
Nosotros los adultos lo sabemos: esa época es la prolongación de un momento de la niñez, esa felicidad sentida sin pensar en el mañana. "Nadie tenía agujeros en los dientes ni arrugas en la frente." Así es exactamente, en esa prolongación de un cierto momento pasado. Después llegará la muerte, le llegará a un pájaro que se congeló frente a la ventana de la cocina, al abuelo, que murió en el hospital, a una tía, que se enfermó de cáncer, a un compañero de la escuela en la calle. Y nos imaginamos la muerte montando sobre un caballo negro azabache, como el esqueleto de la guadaña. Horrible, inconcebible, implacable.
Y de pronto, en este librito, vemos una figura triste que llega cojeando a ese mundo intacto. Es el señor Muerte, fácil de reconocer por su cráneo huesudo y de piel gris como de ratón. Pero no tiene nada de malo en sí, su andar es como el de pobre peregrino, con su paraguas negro, el bolso en bandolera y el pañuelo rojo de lunares blancos sobre la cabeza, que lo protege del sol. Pero entonces -¡upa!- se tropieza con la casita de un caracol, sin querer, por supuesto. Y pronto se manifiesta el dilema de este tipo ensimismado y torpe: la gente se ríe de su torpeza. “Siempre me pasa lo mismo” dijo el señor Muerte. “Si agarro un vaso, se rompe. Si abro una canilla, tenemos agua hasta las rodillas.” Así es cómo no solo se muere el caracol, no solamente se quiebra el tallo de una flor. No, estas personas que todavía no conocen los peligros que implica la vida, imitan a la muerte, se lastiman de traviesos, se ríen... hasta que algo realmente horrible ocurre: la casa de la niña se quema, el hermano pequeño se muere.
Schubiger y Berner nos cuentan la historia del caminante llamado Muerte con mucha cautela. La muerte no es, con todos sus espantos, una figura espantosa sino más bien un viejo compadre preocupado por las penas que él mismo provoca, una y otra vez. Y de esta forma también es despedido, con amabilidad y respeto, por los que han sobrevivido a su visita. Esta figura pertenece a la vida. Eso es lo que los hombres acaban de reconocer. Juntos reconstruyen la casa, con ventanas y puertas y cerrojos, ponen rejas en el pozo de agua, plantan señales de alerta, barandas, cercas, y más niños en el mundo. Y levantan un hospital. La imagen sigue siendo colorida, pero ahora todo parece más ordenado, más seguro, más previsible. Eso nos tranquiliza. Un poco. Pero también nos hace fruncir el ceño.
La mayor esperanza de la imagen final de este librito reside en las personas, que ahora están unidas y nos sonríen, como si quisieran decirnos: "Ahora sabemos cuán vulnerables somos. Por eso somos solidarios unos con otros. Y la vida es linda de todas formas." Este es el mensaje que Schubiger y Berner nos dan para que nos llevemos con nosotros cuando salgamos del librito y volvamos a estar ante las fachadas de ese mundo.
Siggi Seuß Enero de 2012 [Traducción de Mariana Dimópulos]
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