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|  | | Lo primero que vemos es óxido por todas partes, en ese tono intenso que nos habla del paso del tiempo. Sí, es de un viaje en el tiempo de lo que Peter Schössow nos habla en su libro Mi primer auto era rojo. Su narrador es un joven al que su abuelo le regaló un pequeño auto para niños. El auto es viejo, está oxidado, y también tiene roto el eje. Pero justamente porque este auto presenta heridas tan graves es que se hace tan interesante volver a hacerlo andar. Hay que perforar, atornillar y lijar. Lo que al principio fue un regalo, con el arreglo se vuelve algo propio. La transformación no se consigue con un castañeo de dedos sino que hay que esforzarse, por eso mismo el triunfo es luego tanto más importante. “Mi auto“, puede decir el niño orgulloso en un momento.
Aunque al abuelo no lo vemos en ninguna parte de esta historia, sí vemos al hermano menor que todavía usa chupete y admira las acciones de su hermano mayor. El grande cumple sus actos heroicos frente a los ojos del pequeño. En el caso de Schössow, la mirada se vuelve el motor de la historia, en cada imagen vemos los ojos de sus pequeños héroes sorprendidos, curiosos, asustados o satisfechos. La distancia forma parte de la mirada, y en este intervalo sucede la vida. Así, Schössow utiliza todo el ancho de la doble página para establecer relaciones sobre todo entre los hermanos. Pronto el auto está listo y el pequeño quiere “participar”, entonces el paseo se inicia de a dos. Ahora los vemos avanzar juntos por el campo.
Es muy inteligente el modo en el que Schössow coloca el texto con sus cortas frases como una película sobre las imágenes. De esta manera se crea la relación entre palabra e imagen. Para decirlo con más exactitud, se trata de dos medios que se superponen, uno está hecho de signos lingüísticos, el otro de motivos visuales, porque las imágenes también son textos que están hechos de sentido. Ambos medios quieren ser leídos, de este modo Mi primer auto era rojo es especialmente apropiado como libro de práctica para primeros lectores. Este montaje es propio del estilo de Peter Schössow, que diseña sus ilustraciones en computadora. Sus imágenes no son diseñadas en profundidad sino sobre la superficie. Eso se vuelve claro en los paisajes de fondo través de los cuales conducen nuestros dos héroes. El problema de la profundidad que falta donde una historia se desarrolla espacialmente, Schössow lo resuelve haciendo aparecer sus personajes varias veces en la imagen. Cuando los niños conducen por el campo, se los ve a la izquierda y la derecha, y doblar en la curva, todo en una imagen. Cada doble página es una composición refinada. El auto viejo resulta pronto un verdadero proyectil. Primero pasan a toda velocidad a través de la casita de jardín de las niñas de al lado, después son perseguidos por un enjambre de avispas. A duras penas, evitan un precipicio. La expedición emprendida los conduce a través de un túnel con murciélagos directo al lodazal de una familia de cerdos. El auto va cada vez más rápido, y como en la vida real, uno descubre que de repente ya no se puede frenar; los hermanos corren a toda velocidad por el bosque y el choque final es inevitable.
Pero sin duda, algo se ha experimentado, algo de lo que se habla antes de ir a dormir. Una aventura intensa en la que el universo del viaje en auto se despliega con entusiasmo. Hay mucho para ver, porque los niños de Schössow no están solos: son acompañados por personajes gracias a los cuales no tienen que vivir en soledad sus aventuras en el mundo de las praderas y los bosques. Sobre ellos, siempre se posan las miradas de los pájaros o de los animales de peluche de casa. Esto le da a las imágenes contenido y calor, y como uno no debe preocuparse por los emprendedores protagonistas, puede disfrutar despreocupadamente sus aventuras. Sobrevivirán, eso nos lo dice también el humor estoico que atraviesa las ilustraciones de Schössow. Uno lo reconoce en los ojos y en las actitudes corporales de sus personajes, todos poseen una posición, una auto convicción, esa conciencia de que están en el camino correcto y enfrentarse al mundo no será un problema. Lo conquistaremos, será divertido, incluso si nos cuesta un par de chichones y rodillas lastimadas.
Con libros como este se puede crecer. El grandioso optimismo que se manifiesta en la confianza indestructible de los niños podría hacer que esta historia de aventuras llena de herrumbre se transforme en un clásico de los libros ilustrados.
Thomas Linden Junio 2011 [Traducción de Cecilia Pavón]
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