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El que todo lo sabe, puede vivir muchos años, así reza el credo del zorro. Pero ¿acaso no pensamos todos en nuestro fuero interior que ese saber es un guiño cómplice, la prueba de que hemos alcanzado una edad avanzada? Lo cual, a la inversa, permite sacar la peligrosa conclusión: El que sufre una muere temprana, tiene él mismo la culpa. Martin Baltscheit nos cuenta La historia del zorro que perdió la razón (Die Geschichte vom Fuchs, der den Verstand verlor) con tal agudeza que tarde o temprano nadie puede excluir la posibilidad de ser alcanzado algún día por el destino del zorro.
Porque el zorro también supo ser “astuto” y “hermoso” alguna vez; sabía cómo convertir liebres y gallinas en banquetes festivos. A los zorros jóvenes les explicaba cómo escapar de los cazadores. Es lógico que ellos lo transformaran en su ídolo. Sí, el zorro era fuerte, astuto y vivía una vida llena de aventuras. También puede decirse que era extremadamente potente. Porque a nadie se le escapará que ésta es una historia de hombres. Para hombres grandes y pequeños. Los viejos pueden reconocerse en ella, y los jóvenes pueden paladear lo que acaso alguna vez les espere. Porque tarde o temprano hasta los héroes necesitan andador. Como sea, el zorro un día empieza a cambiar: si ayer aún tenía el aspecto de El Zorro, hoy se asemeja a un señor elegante, barbudo, y mañana a una señora sentada en el banco de la iglesia.
Sabemos que Martin Baltscheit es uno de los mejores ilustradores de Alemania; así lo revelaron a más tardar El libro de la selva de Rudyard Kipling, ilustrado con brío, o Zarah, nominado al Premio de Literatura Infantil y Juvenil 2010, un pequeño rapto de genialidad sobre el miedo pergeñado por Baltscheit en dupla con Zoran Drvenkar. Baltscheit maneja a la perfección la mecánica del relato, sabe cómo acelerar una historia y cómo retardar su marcha, cómo generar sorpresas o renunciar a golpes de efecto. Así, desde la portada, el zorro observa a los lectores con mirada amistosa, pero sugestiva. Un rastro de peligro es necesario; al fin y al cabo, estamos ante un predador.
Y entonces Baltscheit se juega su carta ganadora estilizando la figura del zorro: la muestra plana, como los héroes de una campaña gráfica, jugando con las fantasías icónicas populares. En su aspecto gráfico, cada doble página está organizada de un modo distinto, lo esencial se traduce a la imagen con unos pocos detalles certeros. Vemos al conejo en su jaula, con mirada angustiada, la sombra del zorro cerniéndose sobre él. Así logra transmitirse una atmósfera amenazante y, al mismo tiempo, la escena constituye un aciago presagio de las sombras que cubrirán la mente del zorro.
El zorro se vuelve olvidadizo, caza y ya no sabe por qué caza. Olvida el cumpleaños de un amigo y llega sin regalo, o llega con un regalo pero nadie cumple años. Ya no recuerda el camino de regreso a su casa, trepa a un árbol y se sienta en el nido de un pájaro. Llega el mirlo y le pregunta: “¿Vives aquí?” Y entonces el zorro se acuerda: no, no vive ahí. Y leemos la frase: “Después el mirlo no volvió a preguntarle a nadie.”
Este texto breve está bien desarrollado, posee un eficaz sentido del humor, fluidez narrativa y un delicado aroma a tristeza. Son pocos los dibujantes capaces de operar tan bien con textos, sobre todo porque los de Baltscheit no sólo relatan, sino que resuenan por sí mismos, y su potencia dramática se vuelve parte de la imagen. La pérdida de memoria ya se anuncia en el hecho de que los días tropiezan unos con otros, entremezclándose. Pero en el clímax de la historia, Baltscheit funde el dramatismo de la imagen y el sonido cuando el zorro percibe el ruido de los perros: aún sabe que de ellos emana peligro, pero ya no recuerda su nombre, ya no encuentra las palabras, vacila, pierde tiempo para escapar mientras la jauría se acerca corriendo hacia él ruidosamente, a toda velocidad.
¿Es éste un libro infantil? Sí, lo es. En sus ilustraciones, Baltscheit se orienta hacia formas y figuras infantiles, fáciles de comprender. Y consigue sobre todo tematizar con carisma el alcance de la demencia, mostrando clara y expresivamente cómo, para aquellos a quienes afecta, el universo va perdiendo su consistencia Seguimos en posesión del objeto pero hemos perdido su significado. Baltscheit va desarrollando en el universo del zorro ese proceso que, por supuesto, no se limita al cuadro clínico del individuo, sino que también muestra el de una época en la que parece como si hubiésemos perdido ese contexto que nos permite entrelazar con sensatez las cosas y las informaciones.
Durante algún tiempo, el zorro aún puede desandar sus pensamientos como si fueran caminos. Allí donde antes avanzaba con ímpetu, ahora se impone recordar paso por paso. Y entonces el mundo va desintegrándose en partes, cayendo como copos de nieve, y al final el zorro ya no puede distinguir entre él y el mundo. Martin Baltscheit amalgama la tristeza y el consuelo de tal modo que su historia encuentra el final oportuno y, al mismo tiempo, invita a repasarla y reconstruirla una y otra vez. Su libro nos permite experimentar que reflexionando sobre el olvido volvemos a apreciar la memoria.
Thomas Linden
Marzo 2011
[Traducción de Alejandra Obermeier]
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