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 Image Michael Hagner

El preceptor.
Historia de un caso criminal

Suhrkamp Verlag
Berlin 2010
ISBN 978-3-518-42204-5
280 Seiten


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Reseña
Fragmentos de lectura
 

El médico vienés Richard von Krafft-Ebbing fue uno de los primeros en describir el fenómeno del “flagelador de muchachos”, en su libro Psychopathia sexualis de 1886: allí sostiene que cuando el hombre de tendencias sádicas no tiene a disposición el auténtico objeto de su deseo, intentará satisfacer su pulsión pegándole “a cualquier ser viviente y sensible, a niños y animales”. La categoría no parece estar definida con justeza. También imprecisas fueron las observaciones cuando se trató de educadores que aprovechaban su posición respeto a jóvenes y niños de sexo masculino. Por ejemplo, en el análisis que el famoso perito médico Albert Moll hizo del caso, la violencia de motivación libidinosa por parte del preceptor jugaba un papel secundario, pues en el centro del juicio pericial estaba el supuesto masoquismo de los alumnos damnificados. En la segunda mitad del siglo XIX, la relación entre sadismo y educación se rozó una y otra vez, pero nunca se la abordó explícitamente. A los pioneros de la sexología les faltaba una terminología inequívoca y un caso canónico. Poco después del cambio de siglo un estudiante de derecho llamado Andreas Dippold les proporcionó ambas cosas: en octubre de 1903, el joven de 24 años fue procesado en Bayreuth. Dippold estaba acusado de haber golpeado hasta la muerte a Heinz Koch, hijo de un banquero que lo había confiado a su supervisión pedagógica. Se le impusieron como castigo ocho años de prisión y diez de inhabilitación. La población se mostró indignada al ver que esa “bestia” había recibido una pena tan benigna, durante meses no se conoció otro tema, y pronto se encontró en los manuales científicos el concepto “dippoldismo” como sinónimo de sadismo del educador.

En El preceptor, Michael Hagner aborda, desde una perspectiva histórico-discursiva, la cuestión de por qué justamente el caso Dippold causó tanto revuelo en todos los círculos de la sociedad de cambio de siglo. Con una lograda combinación de precisión documental y dramaturgia narrativa, el autor reconstruye la génesis de un escándalo público y analiza cómo las diferentes disciplinas académicas se sumaron a la agitación pública y mediática para introducir a Dippold en el gabinete de las perversiones sexuales como un ejemplo paradigmático de una especie hasta entonces desconocida. A diferencia de los periodistas, médicos, juristas, psicólogos y pedagogos que en aquel momento intentaron instrumentalizar la muerte de Heinz Koch en beneficio de sus propias posiciones, Hagner reconstruye el caso ateniéndose a los hechos verificados por la transmisión: el padre de la víctima, Rudolf Koch, era el atareado director del Deutsche Bank, todas las cuestiones relacionadas con la educación las delegaba en su esposa Rosalie. Las expectativas de los padres respecto a sus ocho hijos eran, como lo exigía su rango social, altas. Sobre todo los dos benjamines, Heinz, de 13 años, y su hermano Joachim, dos años menor, eran motivo de decepción debido a su dificultad para aprender y su indisciplina. Después de que prestigiosas instituciones educativas también fracasaran, la esposa del banquero encargó en 1902 a Dippold la educación personal de los dos hijos problemáticos. Lejos del hogar berlinés, en la propiedad familiar situada en el Harz, el preceptor debía hacer de sus hijos “hombres decentes”. Por vía postal Dippold le informaba sobre sus métodos: alimento magro, robustecimiento severo del cuerpo mediante ejercicios al aire libre; por otro lado, era inevitable el castigo físico para impedir el vicio principal de los jovencitos, a saber, la masturbación. La madre no hizo objeciones.

Si antes del caso Dippold había consenso pedagógico sobre algún tema en el Imperio Alemán, era precisamente que el onanismo infantil era reprobable. Los padres de otros niños no intervinieron cuando se enteraron de que los jovencitos estaban llenos de moretones y contusiones. Dippold intentó extirparles la supuesta autosatisfacción a sus educandos con los medios más absurdos. Les arrancó confesiones escritas, por las noches los ataba de pies y manos, a menudo dormía en el medio de ambos. Y, por supuesto, con frecuencia les daba golpizas. La situación se agudizó cuando Dippold obtuvo el permiso para mudarse con los niños a su pueblo natal de Franconia, donde pudo continuar su régimen educativo sin ser molestado por los empleados de los Koch. La mañana del 8 de marzo de 1903 Heinz Koch pidió permiso para quedarse en cama. El médico, que llegó por la tarde, lo único que pudo hacer fue constatar la muerte del niño.

Además de las heridas causadas por Dippold, en la autopsia se determinó que Heinz padecía desde su nacimiento de deformación craneana e insuficiencia renal. Nunca se estableció qué papel pueden haber tenido esos defectos orgánicos en el desenlace trágico del maltrato. Sin embargo, el libro lleva con justicia por subtítulo Historia de un caso criminal. Hagner se abstiene de especulaciones retrospectivas sobre las causas exactas de la muerte. Concentra toda su intuición detectivesca en sacar a la luz las contradicciones y la arbitrariedad de los numerosos debates que competían entre sí por la hegemonía interpretativa en torno al episodio: durante el juicio, Dippold nunca negó haber hecho uso de la violencia, al fin y al cabo creía que su conducta estaba en consonancia con la pedagogía de su tiempo. Para la opinión pública se convirtió en un monstruo sexual sólo cuando repentinamente el problema del onanismo de los niños Koch ya no era relevante. Imposible –así se argumentaba– que esos jovencitos rubicundos y gordinflones se hubieran entregado alguna vez a vicio tan devastador. Mientras algunos periodistas estaban con el influyente padre, que esgrimía la integridad sexual de su familia contra el acusado, otros veían en los progenitores a los típicos representantes de la clase alta decadente, irresponsable y hacían del crimen un estilizado síntoma de la decadencia general de la sociedad. El juicio se convirtió en motor de las polémicas más diversas, de las que posteriormente participaron las ciencias jurídicas y humanas. A los juristas el caso les vino como anillo al dedo en la vehemente discusión sobre la reforma del derecho penal. Los pedagogos, psiquiatras y médicos habían descubierto recientemente la psicopatología del sadismo y si pusieron tanto empeño en ver a Koch como un modelo caso típico, fue porque de algún modo se imponía como alternativa empírica a los ejemplos, poco científicos, extraídos de los textos del Marqués de Sade.

Hagner no exculpa en absoluto al individuo real Dippold, cuya imagen se borró en medio de la ola de indignación y los debates. De todos modos, al autor no le interesan las cuestiones morales, y tampoco sucumbe al peligro de relacionar el episodio con la discusión actual sobre el abuso infantil motivada por los sucesos en la escuela Odenwald y en diversas instituciones católicas. El análisis ajustado, complejo, de Hagner se limita a una cesura histórico-discursiva que se produjo a principios del siglo pasado; la dinámica sociocultural, gracias a la cual el crimen del preceptor se transformó de acontecimiento puntual a caso paradigmático, se describe teniendo en cuenta todos sus determinantes de época. Quien busque hoy “dippoldismo” en los manuales médicos, verá que se trata de una designación que desapareció con el tiempo. El concepto no figura en el diagnóstico psicopatológico actual. El rastro de Dippold se perdió también en Latinoamérica, donde probó suerte como abogado después que concluyera su tiempo de reclusión.

Marianna Lieder
Marzo 2011
[Traducción de Nicolás Gelormini]



  
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