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 Image Christian Adam

Leer en tiempos de Hitler.
Autores, bestsellers y lectores en el Tercer Reich


Editorial Galiani Berlin
Berlín 2010
ISBN 978-3-869-71027-3
383 páginas


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Reseña
Fragmentos de lectura
 

En la investigación del nazismo muchas veces se ha hecho la diferencia entre victimarios, colaboradores, aquellos que practicaron la “emigración interior” y opositores al régimen. Un nuevo estudio sobre el mercado del libro en el Tercer Reich pone en claro qué artificial es esta división, porque en última instancia se apoya sobre tipos ideales y no es suficientemente adecuada para comunicar la verdad.

Su autor, Christian Adam, no se concentra en la tantas veces descripta quema de libros del 10 de mayo de 1933, como quizás era de esperar, sino que analiza su contraparte, la lista de obras oportunistas, la prosa nacionalsocialista y la literatura popular entre 1933 y 1945. Y el hallazgo es sorprendente. Pues si en la Alemania nacionalsocialista resultaba fácil designar qué se debía sacrificar en la “acción contra el espíritu antialemán”, los mandarines de la cultura se mostraban dubitativos a la hora de decir qué había que promover y conservar. Estaban dispuestos a hacer concesiones hasta negarse a sí mismos, se mostraban tan pragmáticos como empresarios y discrepaban en grado extremo. El Departamento de Seguridad Central del Reich informó en su reporte anual de 1938:

“El Ministerio de Educación del Reich, el Ministerio del Interior, el Ministerio de Propaganda, el Departamento Rosenberg, las autoridades culturales de los estados y provincias, las oficinas culturales del partido, la Cámara de Cultura del Reich con sus distintas cámaras asociadas, la organización “Fuerza mediante la Alegría”, la Asociación de Docentes, la Asociación de Estudiantes, las asociaciones profesionales […] se esfuerzan mancomunadamente en practicar una política y un trabajo cultural nacionalsocialistas, sin que hasta ahora hayan logrado reunir estas fuerzas y sus múltiples efectos en una política cultural uniforme, planificada y cuyos componentes fundamentales estén coordinados entre sí.

El veredicto de Thomas Mann, según el cual todos los libros que obtuvieron permiso de impresión entre 1933 y 1945 no tienen valor, se consideró durante mucho tiempo irrefutable. Christian Adam, quien ha leído 350 bestsellers del Tercer Reich, demuestra que semejante tesis ya no es sostenible. El problema principal de los nazis era justamente que les faltaban autores que siguieran su línea con lealtad. Ahora bien, el pueblo quería leer, y esto hacía que la dirigencia nazi estuviera dispuesta a hacer concesiones.

Si bien los escritos de propaganda Mi lucha, de Adolf Hitler, y El mito del siglo XX, de Alfred Rosenberg fueron considerados como catequismo de la época nazi, estas obras eran demasiado burdas para convertirse en los auténticos libros favoritos de los alemanes. El tipo de libro hegemónico fue, por lo tanto, la literatura de entretenimiento. También gozó de mucha popularidad la “literatura militar”. Bajo esta denominación se agrupaban libros de soldados valientes que relataban sus vivencias bélicas y cuyas hazañas e informes de guerra debían transmitir ánimo y espíritu de lucha al pueblo alemán. Hans Zöberlein obtuvo dos éxitos con sus memorias chauvinistas Der Glaube an Deutschland [La fe en Alemania] y Der Befehl des Gewissens [El mandato de la conciencia]. Y Verdun, das große Gericht [Verdun, el juicio final] fue el libro sobre la Primera Guerra Mundial más vendido durante el Tercer Reich.

A esto se agregó toda una serie de libros de no ficción en apariencia inofensivos. Por ejemplo Ölkrieg [Guerra del petróleo] de Anton Zischka, con el que, en un estilo aparentemente neutral de prosa científica, se propugnaba la independencia alemana en el plano energético. También las biografías de científicos que celebraban a sus protagonistas (por ejemplo, el médico Robert Koch) como héroes del pueblo, tuvieron gran aceptación. Lo mismo vale para las guías de ayuda, desde Die deutsche Mutter und ihr erstes Kind [La madre alemana y su primer hijo] hasta Mensch und Sonne. Arisch-olympischer Geist [Hombre y sol. El espíritu olímpico-ario].

Pero era sobre todo la literatura militar la que implicaba riesgos. El libro de Ernst Jünger Auf den Marmorklippen [Sobre los acantilados de mármol], que ya entonces muchos leían como una terrible parábola del nazismo, llegó curiosamente a las librerías del frente de guerra, mientras que el bestseller de preguerra Im Westen nichts Neues [Sin novedad en el frente] fue boicoteado por la dirigencia nazi debido a sus descripciones demasiado realistas de los horrores de la Primera Guerra Mundial.

Y por todas partes surgían inconsecuencias: la novela futurista debía ser reaccionaria, porque los verdaderos visionarios eran los nazis. Los policiales eran éxitos de venta, pero debían ser liberados de su influencia angloamericana. Paul Alfred Müller llenaba con celo ideológico sus cuadernillos de ciencia ficción Sun Koh – der Erbe von Atlantis [Sun Koh. El heredero de la Atlántida]. Los censores luego le criticaron la “degradación de cuestiones por cuya solución luchan los mejores hombres”.

En el campo de la literatura de entretenimiento, sin embargo, fue donde llegó más lejos la discrepancia entre los nazis. Alfred Rosenberg, encargado de la “supervisión de toda la formación y educación intelectual e ideológica del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán”, veía en las historias sentimentales de Hedwig Courths-Mahler un peligro para la “salud del pueblo”. Por el contrario, Goebbels, que conocía el amor del Führer por Karl May (pues éste le había enseñado, según cuenta Albert Speer en sus diarios, “que no era necesario viajar para conocer el mundo”), intentó utilizar políticamente los efectos pacíficos de la literatura de entretenimiento. En 1940, apuntó en su diario: “¡Qué bien hace un poco de distracción!”

¿Se puede decir que el Tercer Reich logró que la literatura se sometiera al mandato de unidad ideológica? Christian Adam opina que no, pues para distraer la atención de la pobreza artística del Reich los nacionalsocialistas tuvieron que ceder. “A lo largo de esos doce años el panorama editorial estuvo determinado por ‘disidentes’ que gozaban de éxito comercial y por sagaces profesionales del entretenimiento.” Sin ellos, ésa es la tesis de Adams, no habría habido estado que levantar.

Y si se observa detenidamente, tampoco habría habido República Federal de Alemania. Numerosos autores que vendieron bestsellers en la época nazi, siguieron escribiendo con éxito en los años cincuenta. Die Feuerzangenbowle [El ponche de ron y caramelo] de Heinrich Spoerl es sólo una de las historias que sin problema se acomodaron a los nuevos tiempos. Leer en tiempos de Hitler dirige nuestra atención no sólo a los quiebres respecto al nacionalsocialismo sino también a las continuidades, hasta ahora poco estudiadas. El hecho de que entre los libros dejados por Hitler se encontrara El efecto de algunas células de vertebrados en el anélido de agua dulce Lydastis raunaensis Feuerborn es tan sólo una curiosa nota al pie, un ejemplo en el que se muestra que, si bien nuestra lectura puede agregar sentidos ajenos a los textos, no podemos hacer cualquier interpretación de ellos.

Katharina Teutsch
Junio 2011
[Traducción de Nicolás Gelormini]

  
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