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|  | | Sobre James Boswell —que en sus escritos combina la crónica cotidiana del siglo XVIII con el culto a su propia persona— apunta Henning Ritter en sus Cuadernos: “En eso debe residir el secreto de su contemporaneidad: una atención enfocada obsesivamente en el yo lo lleva por antonomasia a la caza de la actualidad, la cual describe por su presencia y no por su importancia”.
Eso que Ritter manifiesta como la particularidad del escritor escocés está en las antípodas de su propio procedimiento literario: el “yo” del autor aparece sólo en algunos pocos de los ensayos filosóficos y políticos, apuntes, máximas y anécdotas reunidos en los Cuadernos. Ritter es de hecho muy cauto a la hora de ahondar en detalles autobiográficos y alusiones directas a sí mismo, más bien, elegantemente, mantiene su persona en un segundo plano, la deja perderse casi por completo en el cosmos de su estupenda erudición. Los comentarios sobre acontecimientos actuales también son escasos. En las 425 páginas se encuentran a lo sumo una docena de anotaciones sobre hechos concretos de la historia y cultura recientes. Las catástrofes y los hechos que actualmente dejan al mundo sin aliento, o que lo hicieron hace algunos años, no son para Ritter más que palabras clave de las que se vale para desplegar asombrosamente el contexto histórico. Es así como, por ejemplo, parte de la política cultural de la antigua RDA para remontarse a la época del nacimiento de la Confederación Alemana. Otra anotación un poco más larga, en la que menciona el ataque del 11 de Septiembre, termina siendo un agudo comentario sobre ciertos problemas teológicos en torno a Sayyid Qutb, el intelectual radical islámico ejecutado en 1966.
La mirada hacia el pasado domina la perspectiva de este libro. Ritter presenta aquí –tal como él lo explica de antemano- tan sólo una selección, acaso una décima parte de sus esbozos personales. La época en que fueron escritos coincide aproximadamente con el cuarto de siglo durante el cual, debido a su trabajo, en cierto modo sentaba los ejes del debate cultural del momento: desde 1985 hasta 2008, Ritter fue responsable de la sección de Humanidades del periódico Frankfurter Allgemeine. A través de sus apuntes, que originalmente no fueron pensados para ser publicados, encontró el equilibrio que su temperamento intelectual requería. Libre de la exigencia de actualidad y las lecturas obligatorias que requería su cargo, la escritura le permitió conquistar el campo de las asociaciones y los vuelos reflexivos, y se pudo dedicar a sus anchas a la contemplación atemporal de pensadores conocidos y menos conocidos de épocas pasadas. Son innegables las preferencias personales de Ritter por los moralistas franceses del siglo XVII y XVIII y sus legados intelectuales: Montesquieu, Pascal, Chamfort, La Rochefoucauld, Galiani. Del siglo XIX se destacan Stendhal, Schopenhauer y Nietzsche; el filósofo español José Ortega y Gasset y el pesimista rumano-francés Cioran completan la lista de sus favoritos en el siglo XX.
Sin embargo, Henning Ritter no se limita a reproducir sus impresiones de la lectura de estos autores. Lejos de toda pretensión, se inscribe a sí mismo en la tradición de las “máximas y reflexiones”, tanto en el plano del contenido como en el plano formal: en Cuadernos no hay ni índice bibliográfico, ni fechas ni epígrafes. Con la misma falta de sistematización que caracteriza al género, discute topoi como la vanidad, la autenticidad, la hipocresía o la compasión. En cuanto al dominio de los recursos lingüísticos se puede decir que Ritter se asemeja a los antiguos maestros del estilo. No obstante, el bello pasaje en el que se refiere a la función del aforismo en sus autores de referencia es revelador sólo en parte: a Lichtenberg, dice allí, el uso de aforismos lo habría salvaguardado de las osadías de la erudición; en Schopenhauer, habría suavizado sus opiniones y resguardado su filosofía de cierta rígida pedantería. Otros, en cambio, como Jules Renard o Nietzsche que tendían al nihilismo, habrían buscado en el lenguaje la contención que el pensamiento no podía darles. Ritter parece unificar todas estas características en su propio estilo; detrás de la perfección y exquisitez de su lenguaje se esconden, en ocasiones, contradicciones o aspectos triviales en el plano del contenido .
Aun cuando Ritter no habría podido dar mejor de su afinidad con el clima intelectual de los siglos pasados, no se lo puede acusar de epígono exagerado o manierista. A pesar de su íntima familiaridad con el caudal de pensamiento de los aristócratas intelectuales de cuatro siglos, conserva la originalidad de pensamiento y la distancia crítica y analítica. En contra de Nietzsche por ejemplo, a quien Ritter investiga con una admiración casi insaciable, emite repentinamente el veredicto de la “cursilería intelectual”. Acusación esta que más adelante deben tolerar Walter Benjamin y Michel Foucault. Nadie queda a salvo de las indirectas sarcásticas de Ritter, ni siquiera el poeta idealista del clasicismo de Weimar, de quien lacónicamente dice: “Schiller quería ser `contemporáneo de todas las épocas´. Así y todo tenía tendencia a excederse”.
Cuadernos es la autovalidación crítica de un espíritu libre que utiliza su formación enciclopédica y su agudeza intelectual y atemporal para afirmar su propia individualidad. Ritter ve en la amenazante “desvalorización de la individualidad” uno de los principales peligros subestimados de la actual sociedad del entretenimiento, en la cual ya no se conoce el miedo al ridículo. En otros pasajes en los que el tema es la “era de la autenticidad del playback” o el “escándalo de la corrección política”, tampoco disimula su pesimismo en el campo de lo cultural. Sin embargo, su voz se mantiene libre de cualquier tono apocalíptico; más bien lo que se manifiesta a medida que avanza la lectura es la impresión de una melancolía cultivada, alivianada por la ironía sobre sí misma con ejemplos del tipo: “La Caída de Occidente: ¡hay acaso algo mejor que caer con Occidente!
Tampoco se debería caer en la tentación de interpretar dictámenes como que “no se puede entender la actualidad dentro de las categorías de lo actual” únicamente como una descripción por defecto de los tiempos que corren. Pues Ritter no puede sino adherir a una actualidad al servicio de la cual pone las categorías de análisis de su impresionante y comprobada comprensión del pasado.
Marianna Lieder Febrero 2011 [Traducción de Evelyn Gutiérrez]
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